domingo, 31 de mayo de 2009

¡Has sido despertado! Capítulo 3

3

Vince Lekker. Seattle. 4/11/2007. Domingo. 10:04 horas.

Abrí los ojos. Yacía tumbado en mi cama de adolescencia. Vi como la cortina se debatía entre entrar o salir por la ventana ayudada por el viento gélido a la vez que no entendía porqué estaba abierta. Escuché unos pasos que se aproximaban al cuarto. Era mi madre que me traía un té de limón bien caliente.
Hacía ya 7 años que no la veía, al igual que a mi padre. A los 19 años decidí marcharme de casa, no es que no los quisiera, pero creía estar preparado para independizarme. Pese a las súplicas de mis padres me fui a New York e intenté compaginar trabajo con estudios. Fue un fracaso. Tuve que dejar la carrera de empresariales, y era demasiado orgulloso para volver a casa derrotado. Por eso, durante algunos años, los tuve engañados diciéndoles que aún estaba cursando en la universidad.
- Aquí tienes hijo – me dijo mi madre a la vez que dejaba la taza en la mesita de noche.
- Gracias mamá.
Me dolía todo el cuerpo, pero no parecía tener nada roto. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Lo último que recordaba era a Mary llorando…
- ¿Cuánto tiempo llevo aquí? – pregunté.
- Más de 2 días. No entiendo por qué no nos dijiste que vendrías, te hubiese ido a buscar tu padre al aeropuerto – dijo ella con el rostro impasible.
- Pero… ¿Cómo llegué? No lo recuerdo.
- No fui yo quien te vio primero, fue tu padre – se sentó al filo de la cama – dice que te encontró inconsciente en tu habitación, tirado al suelo con la ropa rota y llena de sangre.
- ¿Y por qué no me llevasteis al hospital?
- ¿No lo recuerdas hijo? – dijo una voz tosca entrando en mi habitación – Tú me dijiste que no lo hiciera y llevo 2 días esperando que me respondas porqué.
¿Dos días? ¿Qué le dije que no me llevara al hospital? No recordaba haberle dicho tal cosa, pero de todo lo que me había pasado los últimos días, aquello parecía lo más normal.
- No sé muy bien que decirte papá…
- ¡¿Qué no sabes que decirme?! – me cogió por el cuello de la camisa – ¡Te dábamos por muerto!
- ¿Muerto? ¿Pero que dices?
- ¿¡Qué que digo!? ¡Ya me estás explicando cómo es que te encontré tirado en tu cuarto media hora antes de que New York quedara destruida!
- ¿Destruida? – no quería creerlo.
- ¿Cómo puedes pensar que nuestro hijo tuvo algo que ver Bill? – dijo mi madre quitándomelo de encima.
- Eso no lo sé, pero mírame bien Vince – aquel era el tono que mi padre empleaba para darme sus típicas charlas – a mí no me gusta que me mientan, y menos un hijo mío. Como comprenderás estoy preocupado por ti, pero lo que no entiendo es que no tengas nada – empezó a hablar más fuerte mientras yo permanecía callado con la mirada fija en sus furiosos ojos – no tienes ningún hueso roto y ni un sólo rasguño ¡Explícame de quién coño era toda esa sangre!
- ¡No lo sé papá! ¡Te juro que yo no he hecho nada malo!
- ¿¡Pero no puedes explicarme que te pasó, verdad!?
- ¡No, no puedo! ¡Si lo hiciera me encerraríais en un manicomio!
- ¡A lo mejor eso es lo que teníamos que haber hecho hace mucho tiempo!
- Muy bien – me calmé – tranquilo que ya me voy – me puse en pie pese a la incredibilidad de mi padre.
- Pero Vince… – dijo mi madre que no tenía culpa de lo que estaba ocurriendo.
- Nada de “peros”, me voy… pero antes, tengo que buscar algo en Internet.
Tenía que hallar respuestas, y de momento sólo había un camino dibujado hacia ellas, Carlisle Swan.
Así que me senté delante del ordenador y lo encendí. En todas las páginas que entré, tenían titulares como: “¡DEFINITIVAMENTE LA MAYOR MASACRE DE LA HISTORIA!” o “CAE OTRO DE LOS 748 SUPERVIVIENTES DE NEW YORK” o “CONFIRMADO, NO FUE UN METEORITO”. En cambio, en algunos periódicos republicanos llevaban titulares más explícitos: “AL QAEDA MATA A MÁS DE 8 MILLONES DE INOCENTES” o “EL TERRORISMO VUELVE A NEW YORK”. Por las pocas noticias que leí, la catástrofe ocurrió el 2 de Noviembre, aproximadamente a las 14:00 h. Aún no se conocían las causas, pero gracias a fotografías tomadas por satélites y helicópteros se veía claramente un cráter de más de 2 quilómetros de diámetro.
Una vez introducido “Carlisle Swan” en el buscador aparecieron algunas páginas sin importancia excepto una, Lufkin, Texas, allí trabaja un tal Carlisle Swan en una empresa que se dedicaba a la tala de árboles. No sabía decir porqué, pero estaba seguro al 100% que se trataba de la persona a la que estaba buscando, a la persona que debía matar. Aún no estaba seguro si sería capaz de hacerlo, pero decidí hacer la maleta, coger algo de dinero, pagarme un billete de avión, plantarme en Lufkin, estar delante de Carlisle y saber con certeza si sería capaz de ello. Pero no vayamos tan deprisa. En el avión hacía Houston conocí a una persona muy peculiar. Se sentó durante todo el viaje a mi izquierda. Aparentaba mi edad, quizá algo mayor. El pelo largo y rubio le llegaba hasta los hombros, tenía unos ojos verdes muy penetrantes que resaltaban aún más gracias a su piel especialmente pálida. Parecía muy alto y corpulento. Vestía un traje negro acompañado de una corbata azul oscuro y llevaba unos zapatos negros limpísimos.
- ¿Tienes fuego? – me preguntó a las 3 horas de despegar con un tono seco y brusco.
- No – le dije pensando en que quizá ahora tendría la capacidad de hacerlo – pero creo que aquí no se puede fumar – proseguí.
- Pfff es verdad – dio un golpe con el puño izquierdo en el techo del avión – ¡Mierda de aviones! – chilló.
- Creo que sólo quedan unos pocos minutos para aterrizar – puntualicé – seguro que podrás aguantarte.
- Mira – se incorporó hacia mí – no sé quién coño eres pero creo que nadie te ha pedido tu jodida opinión. Llevamos aquí más de 3 horas juntos y no me has tocado los huevos, si buscas tocármelos los encontrarás ¿Okay amigo?
- Si, si claro, perdone – lo que menos necesitaba era tener problemas.
- Jajajaja – empezó a troncharse de risa – joder tío que cara que has puesto, jajajaja, te tenías que haber visto, jajajaja.
¿De qué iba aquel tipo? ¿Qué le había hecho yo para que se riera de mí? Aquello había sido una broma, pero me podía esperar cualquier cosa de él.
- Jaja – aún seguía riendo, incluso parecía que le caía alguna lágrima – Tranquilo no te voy hacer nada, jeje…je.
- Ya lo he notado cuando te has reído en mi cara.
- Hombre no te lo tomes así – me dio una palmada en el hombro – Mira, cuando salgamos nos tomamos un café ¿vale?
- Lo siento, pero debo de quitarme una cosa de encima cuanto antes mejor.
- Vale, vale. Cada uno seguirá su camino ¿No eres muy sociable verdad?
- No es que no lo sea pero… llevo unos días muy extraños.
- Ya, te entiendo – miró por la ventana – Bueno, creo que ya estamos llegando.
Nos abrochamos los cinturones y al mínimo parpadeo ya estábamos aterrizando en Houston. Salimos del avión y nos despedimos cordialmente. No me había caído especialmente bien, pero tampoco mal, estaba seguro que era una de esas personas que por fuera aparentaba ser de una manera y por dentro de otra.
Me dirigí a la Estación Central, compré un billete hacia Lufkin y en apenas 1 hora ya estaba allí. El pueblo tenía casi 34.000 habitantes, era bonita, acogedora y vivían de la madera ya que prácticamente todas sus afueras eran muy boscosas, y allí era donde debía dirigirme el día siguiente.
Ya era bastante tarde y busqué un hostal. Entré en el primero que encontré porque estaba cansado y me dolía mucho la cabeza y más aún cuando me cobraron 50 dólares por pasar una noche en una habitación, sucia, oscura, extremadamente pequeña y maloliente, sin mencionar la cena.
Al día siguiente me desperté a las 8 de la mañana para desayunar; pan integral, mantequilla y mermelada de melocotón. Comí tanto como pude para no tenerlo que hacer más durante el resto del día. Una vez fuera del hostal decidí ir en busca de Carlisle Swan. ¿Cómo pretendía matarlo? ¿Con los poderes? Pero a penas los había utilizado y… ¿Sabría utilizarlos? ¿O tendría que comprar un arma? ¿Quizá una pistola? No tenía suficiente dinero. Todo había sido muy precipitado, pero ya estaba allí y no podía echar marcha atrás, así que partí hacia la montaña, donde trabajaba la mayoría de la población.
En poco más de un cuarto de hora ya me había adentrado por completo en el bosque. Estaba rodeado de altos y verdes abetos cuando divisé a lo lejos una fábrica azul celeste. Cuando llegué piqué a la puerta de entrada, pero nadie me respondió, quizá fuera por el ruido de las máquinas que ya se oían bastante desde fuera. Vi la puerta abierta, así que entré y esto hizo que un timbre especialmente ruidoso sonara un par de veces. Al poco rato un hombre de mediana edad bajó por unas escaleras y vino a atenderme.
- Muy buenas señor…
- Lekker, Vince Lekker – le ayudé.
- ¿En qué puedo ayudarle? – dijo con su terrible acento texano.
- Hola. Mire, buscó a un tal Carlsile.
- ¿Carlsile? Sí. Está aquí. ¡Carlsile! – gruñó mirando por donde había venido.
Se me cortó la respiración de golpe ¿Ya estaba? ¿Ya lo había encontrado? ¿Tan fácil? ¿Tan rápido? Por las mismas escaleras por las que él bajó, bajaba un hombre de unos 25 años aproximadamente, baja estatura, muy moreno y de aspecto bastante desagradable. Se acercó hacia mí con la mirada tímida hasta que el hombre que me atendió le chilló:
- ¡Oye, tú, Carlisle! ¡Te buscán!
- ¿A mí? ¿Por qué? – dijo cuando ya estaba con nosotros.
- No lo sé. Pregúntaselo a él – le contestó mientras se marchaba.
- Tú… tú… ¿Eres Carlisle? – me temblaba todo el cuerpo, había supuesto que aquello me costaría pero no tanto.
- Sí, ¿Qué quieres?
- Lo… lo siento… pero… – deslicé mi mano derecha hasta llegar a mi espalda y pude sentir como la mano me ardía, me ardía mucho, pero no me dolía, y sin saber muy bien como lo hice provoqué chispas eléctricas en mi mano y cuando estaba apuntó de utilizarlas… – ¿Seguro que te llamas Carlisle? ¿Carlisle Swan?
- ¿Carlisle Swan? No. Carlisle Fox – me corrigió.
- Joder, menos mal que me lo has dicho a tiempo – apagué aquellas chispas y con la misma mano le di una palmada en el hombro.
- ¿Menos mal por qué? – me preguntó ansioso.
- No, no, por nada. Bueno, siento haberte hecho perder el tiempo.
- No pasa nada, me sucede a menudo. Al Carlisle que buscas suele estar más adentro del bosque.
- ¿A si? Muchas gracias. Adiós – me despedí mientras salía de allí y me preguntaba cuantos Carlisle podían haber en todo el estado de Texas.
Tal y como me dijo me adentré más en el bosque y cuando llevaba un buen rato caminando…
¡“Prrooooooooooooooooommmm”!
Por puro instinto me agaché. Mire hacia todos los lados pero no conseguí saber de donde provenía semejante estruendo. Incrédulo, a mi izquierda divisé a lo lejos como un árbol caía… ¡no! ¡Dos, tres, cuatro…! Perdí la cuenta. Me dirigí corriendo hacia allí y pude ver a un hombre ¿Sería él Carlisle Swan? Cuando llegué vi como partía árboles a distancia, no utilizaba ningún utensilio, los cortaba con las manos, como si lanzara viento que los partiera. Él se percató de mi presencia y se volvió. "No puede ser" pensé. Aquel hombre era muy alto, fuerte, rubio, pálido y aquellos penetrantes ojos verdes lo delataron.
- ¡Hombre! ¡Tú por aquí! ¿Qué pasa, que al final has decidido tomar el café conmigo? – dijo con una escueta sonrisa.
- ¿Tú…? – no me lo acababa de creer ¡Era el tipo del avión!
- Si yo… – dijo dubitativo – ¿Qué casualidad verdad?
- ¿Cómo te llamas?
- ¿Yo? Carlisle, Carlisle Swan ¿Y tú? – me preguntó con las cejas fruncidas.
- Yo Vince, Vince Lekker.
Su cara denotaba sorpresa y agrado a la vez.
- Te estaba buscando – dijimos los dos a la vez mientras veía como le salían chispas eléctricas de las manos y a mí me ardían las mías.

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